En la tienda de mascotas, él era el más vivaracho y el más simpático de todos los felinos de la vitrina. Lo primero que hizo al mirarme, fue ladear su pequeña cabeza peluda, como intentando agradarme. Lo logró.
Rumbo a casa de la chica, y ya perfectamente ataviado con un cursi moñito rojo, el minino se comportaba con la elegancia y la presencia de todo un señor gato. Sereno; tranquilo; dispuesto a ganarse el corazón de cualquier ser humano que se le pusiera enfrente.
La chica en cuestión lo adoptó con no poco enfado. Supuestamente, siempre había deseado un gato, y ahora que yo se lo regalaba, lo miraba como una cosa infecta de la más baja especie, potencialmente dispuesto a llenar su casa de excremento y fétidos orines. En efecto, así fue. Pero eso no debió haber sido pretexto para que ella me lo devolviera. ¿O sí?
Mujeres.
De cualquier modo, a los pocos días el animalito ya se encontraba en mi casa; irreconocible. De aquel simpático y elegante gato no quedaba ni pizca. Maullaba y maullaba a todas horas, con un enfermizo tono agudo que no olvidaré jamás. Sus maullidos hacían que en la casa no hubiera ni un minuto de tranquilidad. Su aspecto, además, era de lo más desagradable. Jamás se bañaba. Nunca lamía su pelaje para permanecer limpio, a pesar de que los gatos suelen ser los más pulcros de todos los cuadrúpedos. Su pelaje, además, era de aspecto opaco, y dejaba su horrenda pelusa por todos los rincones de la casa. Definitivamente, hubiese podido decirse que el gato estaba enfermo, pero ni siquiera los medicamentos de un par de respetables veterinarios pudieron dar solución a tan molestas situaciones. Habría que acostumbrarse.
Luego de unas semanas, los molestos aullidos disminuyeron un poco. Aún así, era escandalosa la forma en la que alteraba los nervios de todos los que le escuchaban. Un día, mi vecino tocó a la puerta, reclamándome que no dejara tanto tiempo llorando al bebé. Hasta entonces no me había percatado de que sus maullidos –en efecto- eran muy semejantes a guturales lamentos humanos, producto de espantosas torturas ejecutadas a conciencia.
Siguiendo la conseja popular de unirme al enemigo ante la derrota, compré unos cuantos juguetes para el minino, y para mi alivio, el gato respondió bastante satisfactoriamente. Al menos en los momentos de juego, el animal dejaba de lado todo aquello que lo hacía tan insoportable, y se entretenía correteando audazmente un ratón de trapo. Desde entonces me dediqué a darle mayores momentos de esparcimiento a mi nueva mascota. Después de todo, en eso se había convertido, en mi nueva mascota. Y lo quisiera o no, ahora estaba bajo mis cuidados. Cada tarde inventaba nuevas formas de hacer que el gato desplegara todas sus habilidades felinas, llegándolo a convertir en un fiero y respetable cazador. Había –sin embargo- un juego que parecía encantarle sobremanera. Se trataba de hacerlo caminar sobre sus patas traseras, imitando el andar humano. Aunque parecía exigirle mucha resistencia física, buscaba en todo momento que lo tomara en arcas, y lo pusiera a “caminar”, como guiando los pasos de un bebé de diez meses.
Sin embargo, una mañana sucedió algo que me dejó aterrorizado. Mientras sorbía un poco de café, y escuchaba desinteresadamente las noticias en la radio, el espantoso animal comenzó a ponerse de pie, y caminó una media docena de pasos sin esfuerzo alguno. No era el espectáculo lamentable de los perros de circo, que parecen sudar la gota gorda al ponerse a caminar. Este gato estaba prácticamente erguido, y sus pasos eran decididamente antinaturales. Lo que vino después, es algo que merece la pena ser contado, quizás simplemente por el mero hecho de volver la vista atrás, para saber por qué los remordimientos aún no me dejan dormir tranquilo; para convencerme de que era sólo un simple gato, un gato común y corriente. Así me lo dicen todos a los que cuento esta historia, pero... no lo sé, no lo sé. Creo que me he obsesionado con una idea de lo más fantasiosa, propia de un absurdo cuento para niños sin final feliz.
El gato no volvió a caminar por cuenta propia, aunque gustaba de pararse apoyado sobre mis piernas cuando me encontraba sentado, deseoso de volver a jugar aquél juego que tanto le divertía. Nunca más me atreví a hacerlo. De hecho, mis atenciones con él lentamente dejaron paso al tedio, y a un extraño recelo que me inquietaba por momentos, sin saber bien la causa que lo originaba.
Pero todo estalló el día en el que Verónica –mi actual esposa-, entró por la puerta. Ella y yo nos conocíamos desde niños, y prometimos volver a vernos el día en que partió hacia Venezuela, a estudiar la secundaria con sus tíos políticos. Cuando regresó de nueva cuenta a México, supimos de inmediato que permaneceríamos unidos por el resto de nuestras vidas. Sin entrar mucho en detalles, diré que a los dos meses ya nos encontrábamos viviendo juntos, y con un pequeño bebé en camino. Nuestra vida en común era realmente deliciosa, pasando las horas entre juguetonas risas y caricias atrevidas, y besos embarrados con mucha miel, y abrazos a montones. Una feliz luna de miel renovada día a día.
Pero había algo que a mi esposa le trastornaba sobremanera: el gato.
-- Tu gato se me queda viendo raro –me decía. Al principio yo no le creía, pensando que se trataba tan sólo de una fugaz explosión de celos, tan característica en ella, que solía celar hasta de las antiguas muñecas de mamá. Sin embargo, una tarde al fin pude sorprenderlo. Mi esposa y yo nos besábamos, y el gato nos miraba a lo lejos con una expresión inquietante en el rostro, mezcla de curiosidad y asombro. No quise darle importancia. Los días pasaban, y el animal tornaba cada vez más agresivo con Verónica. Ella no contribuía en nada –hay que reconocerlo- para que las relaciones entre ambos mejoraran, pero tampoco hacía nada que pudiera considerarse como agresivo en contra del peludo felino. Éste, en cambio, cada día hacía algo que distaba mucho de ser considerado normal. Si al principio sus incursiones por el vecindario eran escasas, ahora ni siquiera se acercaba a dos metros de la azotea. Su comportamiento era del tipo retraído más que bonachón, y sólo mostraba algo de efusividad con todas las mujeres que no fueran mi esposa. Una cosa que llamaba mucho la atención de propios y extraños, era su forma de comer, o quizás sería más preciso decir, la exigencia del gato a la hora de la comida. No comía cualquier cosa, no señor. Aquellas croquetas que prefieren ocho de cada diez gatos, éste las aborrecía. Así hubiese pasado días sin tener nada en la panza, se negaba a probar cualquier tipo de alimento para gatos. Tampoco es que prefiriese un par de huevos estrellados, jugo de naranja y el periódico del día, pero sí que era exigente respecto a lo variado que debían de ser sus comidas. Si un día comía jamón, al día siguiente lo ignoraba sin el menor empacho, y había que darle algo diferente. Algo como un buen puñado de tripas frescas, filete de salmón o pollo crudo. Lo más que llegaba a repetir, era alguna comida que incluyera sangre fresca; tibia, de preferencia. Así, si algún día la comida no era de su agrado, se escondía sigiloso a la sombra de un tupido arbusto, presto a coger entre sus garras a un indefenso pajarito, lagartija, y si se daba la ocasión, un jugoso ratón. La voracidad con que engullía a sus víctimas era notable. Destazaba cada parte con una precisión inaudita, y mientras la sangre le corría por las comisuras, nos miraba de reojo, como diciéndonos: “no los necesito”.
Los meses pasaron, nuestro bebé nació, y las discusiones con Verónica eran cada vez más agrias, en torno al molesto animal. Sus vociferantes maullidos despertaban al pequeño a cada momento. Su sucia pelusa volaba por todas partes, y llegábamos a encontrarla muy frecuentemente en la ropa del bebé. Sus aterradoras miradas humanas eran ya francamente descaradas. Y su simple presencia, era suficiente para poner de mal humor a todo mundo.
La gota que derramó el vaso fue en nuestra noche de aniversario, cuando Verónica y yo volvíamos a estar juntos luego de una interminable cuarentena. La noche pasó entre una deliciosa cena a la luz de las velas, y un poco de espumoso vino rosado que hizo hervir nuestra sangre de inmediato. Nuestros cuerpos se buscaron frenéticamente, y en un dos por tres nos encontrábamos haciéndolo sobre la mesa del comedor, cuando de repente, escuché la aterrada voz de Verónica en mi oído:
--¡Maldito gato, nos está mirando!
En efecto, cuando volví la mirada hacia el animal, este dibujaba en su rostro una torva mirada, y si no fuera porque resulta físicamente imposible, casi hubiera podido jurar que sonreía. Intentamos azuzarlo, pero este ni se inmutaba. Antes bien pareció ponerse cómodo para observar en primera fila el espectáculo. Había que hacer algo.
Al día siguiente, mi esposa me dio un ultimátum, y tuve que deshacerme del gato, dejándolo en una institución protectora de animales, en donde –esperaba- le darían una adecuada e indolora muerte.
Por unos días, la tranquilidad reinó en casa como nunca. Nadie se acordaba ya del horrendo felino, y las cosas parecía que marcharían mejor de ahí en adelante. Hasta que una madrugada, escuchamos un maullido escalofriante que nos puso los pelos de punta. Era el maldito gato que había regresado a casa, sano y salvo, aunque con un aspecto más patético que antes.
Luego de dormir casi de corrido un día entero, el animal se levantó, y nos dirigió una mirada que jamás olvidaré. Era la mirada de un hombre agraviado en lo más profundo, y sobre todo, una mirada que denostaba amenaza. Una amenaza seria.
Durante tres días más, el maldito gato convirtió nuestras vidas en una pesadilla. Sus aullidos eran grotescos a un punto tal, que los vecinos regresaron a contemplar la antinatural forma en la que el gato maullaba, así como la forma en la que su mirada se asemejaba con exageración a la de un ser humano: La mirada de un demente. Todos nos aconsejaban que lo matáramos de inmediato, pero yo me oponía, diciendo que todo aquello era exagerado, que quizás se trataría de una cierta especie nueva de gato aún no conocida. La verdad -y ahora debo confesarlo-, la verdad es que le temía. Cuando se hablaba de terminar con su vida, el maldito gato me miraba con un gesto burlón, y luego dirigía sus ojos de loco hacia mi pequeño bebé. Era espantoso.
Al cuarto día de su infame regreso a casa, Verónica lo encontró en la habitación del pequeño, mirando hacia un punto de la habitación en la que no había ninguna cosa, dándole la espalda al niño. Ella no resistió más. Lo tomó por detrás de las orejas, y él se dejó hacer. Ató una cuerda alrededor de su cuello, y ató el otro extremo al barandal de la escalera. Como el peso del animal no era suficiente para provocar la asfixia, ella lo jaló hacia abajo con todas sus fuerzas, hasta casi arrancarle la cabeza. Mientras esto sucedía, el maldito gato no dejaba de mirarme, con una mezcla de odio, súplica y desesperación reflejada en sus pupilas: la mirada de un condenado.
Desde aquel día han pasado ya casi tres años, y aún no he podido olvidarla. Recientemente, me he enterado de que aquella chica a la que le había regalado el minino casi ha perdido la razón, y que durante todos estos años había estado practicando magia negra, involucrándose en asuntos bastante serios, que aún aguardan dictamen judicial. Verónica no ha querido hablar más del tema. Y yo, aún me despierto por las noches, recordando aquella torva mirada, y con una sensación de intranquilidad en el pecho, que me dice que no hemos matado a un animal. Me pregunto qué demonios era esa cosa.
Maldito gato.
Agosto de 2010
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