sábado, 28 de agosto de 2010

MALDITO GATO

ella me regresó un gato muy distinto al que yo le había regalado el día de su cumpleaños.
En la tienda de mascotas, él era el más vivaracho y el más simpático de todos los felinos de la vitrina. Lo primero que hizo al mirarme, fue ladear su pequeña cabeza peluda, como intentando agradarme. Lo logró.
Rumbo a casa de la chica, y ya perfectamente ataviado con un cursi moñito rojo, el minino se comportaba con la elegancia y la presencia de todo un señor gato. Sereno; tranquilo; dispuesto a ganarse el corazón de cualquier ser humano que se le pusiera enfrente.
La chica en cuestión lo adoptó con no poco enfado. Supuestamente, siempre había deseado un gato, y ahora que yo se lo regalaba, lo miraba como una cosa infecta de la más baja especie, potencialmente dispuesto a llenar su casa de excremento y fétidos orines. En efecto, así fue. Pero eso no debió haber sido pretexto para que ella me lo devolviera. ¿O sí?
Mujeres.

De cualquier modo, a los pocos días el animalito ya se encontraba en mi casa; irreconocible. De aquel simpático y elegante gato no quedaba ni pizca. Maullaba y maullaba a todas horas, con un enfermizo tono agudo que no olvidaré jamás. Sus maullidos hacían que en la casa no hubiera ni un minuto de tranquilidad. Su aspecto, además, era de lo más desagradable. Jamás se bañaba. Nunca lamía su pelaje para permanecer limpio, a pesar de que los gatos suelen ser los más pulcros de todos los cuadrúpedos. Su pelaje, además, era de aspecto opaco, y dejaba su horrenda pelusa por todos los rincones de la casa. Definitivamente, hubiese podido decirse que el gato estaba enfermo, pero ni siquiera los medicamentos de un par de respetables veterinarios pudieron dar solución a tan molestas situaciones. Habría que acostumbrarse.
Luego de unas semanas, los molestos aullidos disminuyeron un poco. Aún así, era escandalosa la forma en la que alteraba los nervios de todos los que le escuchaban. Un día, mi vecino tocó a la puerta, reclamándome que no dejara tanto tiempo llorando al bebé. Hasta entonces no me había percatado de que sus maullidos –en efecto- eran muy semejantes a guturales lamentos humanos, producto de espantosas torturas ejecutadas a conciencia.
Siguiendo la conseja popular de unirme al enemigo ante la derrota, compré unos cuantos juguetes para el minino, y para mi alivio, el gato respondió bastante satisfactoriamente. Al menos en los momentos de juego, el animal dejaba de lado todo aquello que lo hacía tan insoportable, y se entretenía correteando audazmente un ratón de trapo. Desde entonces me dediqué a darle mayores momentos de esparcimiento a mi nueva mascota. Después de todo, en eso se había convertido, en mi nueva mascota. Y lo quisiera o no, ahora estaba bajo mis cuidados. Cada tarde inventaba nuevas formas de hacer que el gato desplegara todas sus habilidades felinas, llegándolo a convertir en un fiero y respetable cazador. Había –sin embargo- un juego que parecía encantarle sobremanera. Se trataba de hacerlo caminar sobre sus patas traseras, imitando el andar humano. Aunque parecía exigirle mucha resistencia física, buscaba en todo momento que lo tomara en arcas, y lo pusiera a “caminar”, como guiando los pasos de un bebé de diez meses.
Sin embargo, una mañana sucedió algo que me dejó aterrorizado. Mientras sorbía un poco de café, y escuchaba desinteresadamente las noticias en la radio, el espantoso animal comenzó a ponerse de pie, y caminó una media docena de pasos sin esfuerzo alguno. No era el espectáculo lamentable de los perros de circo, que parecen sudar la gota gorda al ponerse a caminar. Este gato estaba prácticamente erguido, y sus pasos eran decididamente antinaturales. Lo que vino después, es algo que merece la pena ser contado, quizás simplemente por el mero hecho de volver la vista atrás, para saber por qué los remordimientos aún no me dejan dormir tranquilo; para convencerme de que era sólo un simple gato, un gato común y corriente. Así me lo dicen todos a los que cuento esta historia, pero... no lo sé, no lo sé. Creo que me he obsesionado con una idea de lo más fantasiosa, propia de un absurdo cuento para niños sin final feliz.

El gato no volvió a caminar por cuenta propia, aunque gustaba de pararse apoyado sobre mis piernas cuando me encontraba sentado, deseoso de volver a jugar aquél juego que tanto le divertía. Nunca más me atreví a hacerlo. De hecho, mis atenciones con él lentamente dejaron paso al tedio, y a un extraño recelo que me inquietaba por momentos, sin saber bien la causa que lo originaba.
Pero todo estalló el día en el que Verónica –mi actual esposa-, entró por la puerta. Ella y yo nos conocíamos desde niños, y prometimos volver a vernos el día en que partió hacia Venezuela, a estudiar la secundaria con sus tíos políticos. Cuando regresó de nueva cuenta a México, supimos de inmediato que permaneceríamos unidos por el resto de nuestras vidas. Sin entrar mucho en detalles, diré que a los dos meses ya nos encontrábamos viviendo juntos, y con un pequeño bebé en camino. Nuestra vida en común era realmente deliciosa, pasando las horas entre juguetonas risas y caricias atrevidas, y besos embarrados con mucha miel, y abrazos a montones. Una feliz luna de miel renovada día a día.
Pero había algo que a mi esposa le trastornaba sobremanera: el gato.
-- Tu gato se me queda viendo raro –me decía. Al principio yo no le creía, pensando que se trataba tan sólo de una fugaz explosión de celos, tan característica en ella, que solía celar hasta de las antiguas muñecas de mamá. Sin embargo, una tarde al fin pude sorprenderlo. Mi esposa y yo nos besábamos, y el gato nos miraba a lo lejos con una expresión inquietante en el rostro, mezcla de curiosidad y asombro. No quise darle importancia. Los días pasaban, y el animal tornaba cada vez más agresivo con Verónica. Ella no contribuía en nada –hay que reconocerlo- para que las relaciones entre ambos mejoraran, pero tampoco hacía nada que pudiera considerarse como agresivo en contra del peludo felino. Éste, en cambio, cada día hacía algo que distaba mucho de ser considerado normal. Si al principio sus incursiones por el vecindario eran escasas, ahora ni siquiera se acercaba a dos metros de la azotea. Su comportamiento era del tipo retraído más que bonachón, y sólo mostraba algo de efusividad con todas las mujeres que no fueran mi esposa. Una cosa que llamaba mucho la atención de propios y extraños, era su forma de comer, o quizás sería más preciso decir, la exigencia del gato a la hora de la comida. No comía cualquier cosa, no señor. Aquellas croquetas que prefieren ocho de cada diez gatos, éste las aborrecía. Así hubiese pasado días sin tener nada en la panza, se negaba a probar cualquier tipo de alimento para gatos. Tampoco es que prefiriese un par de huevos estrellados, jugo de naranja y el periódico del día, pero sí que era exigente respecto a lo variado que debían de ser sus comidas. Si un día comía jamón, al día siguiente lo ignoraba sin el menor empacho, y había que darle algo diferente. Algo como un buen puñado de tripas frescas, filete de salmón o pollo crudo. Lo más que llegaba a repetir, era alguna comida que incluyera sangre fresca; tibia, de preferencia. Así, si algún día la comida no era de su agrado, se escondía sigiloso a la sombra de un tupido arbusto, presto a coger entre sus garras a un indefenso pajarito, lagartija, y si se daba la ocasión, un jugoso ratón. La voracidad con que engullía a sus víctimas era notable. Destazaba cada parte con una precisión inaudita, y mientras la sangre le corría por las comisuras, nos miraba de reojo, como diciéndonos: “no los necesito”.

Los meses pasaron, nuestro bebé nació, y las discusiones con Verónica eran cada vez más agrias, en torno al molesto animal. Sus vociferantes maullidos despertaban al pequeño a cada momento. Su sucia pelusa volaba por todas partes, y llegábamos a encontrarla muy frecuentemente en la ropa del bebé. Sus aterradoras miradas humanas eran ya francamente descaradas. Y su simple presencia, era suficiente para poner de mal humor a todo mundo.
La gota que derramó el vaso fue en nuestra noche de aniversario, cuando Verónica y yo volvíamos a estar juntos luego de una interminable cuarentena. La noche pasó entre una deliciosa cena a la luz de las velas, y un poco de espumoso vino rosado que hizo hervir nuestra sangre de inmediato. Nuestros cuerpos se buscaron frenéticamente, y en un dos por tres nos encontrábamos haciéndolo sobre la mesa del comedor, cuando de repente, escuché la aterrada voz de Verónica en mi oído:
--¡Maldito gato, nos está mirando!
En efecto, cuando volví la mirada hacia el animal, este dibujaba en su rostro una torva mirada, y si no fuera porque resulta físicamente imposible, casi hubiera podido jurar que sonreía. Intentamos azuzarlo, pero este ni se inmutaba. Antes bien pareció ponerse cómodo para observar en primera fila el espectáculo. Había que hacer algo.
Al día siguiente, mi esposa me dio un ultimátum, y tuve que deshacerme del gato, dejándolo en una institución protectora de animales, en donde –esperaba- le darían una adecuada e indolora muerte.
Por unos días, la tranquilidad reinó en casa como nunca. Nadie se acordaba ya del horrendo felino, y las cosas parecía que marcharían mejor de ahí en adelante. Hasta que una madrugada, escuchamos un maullido escalofriante que nos puso los pelos de punta. Era el maldito gato que había regresado a casa, sano y salvo, aunque con un aspecto más patético que antes.
Luego de dormir casi de corrido un día entero, el animal se levantó, y nos dirigió una mirada que jamás olvidaré. Era la mirada de un hombre agraviado en lo más profundo, y sobre todo, una mirada que denostaba amenaza. Una amenaza seria.
Durante tres días más, el maldito gato convirtió nuestras vidas en una pesadilla. Sus aullidos eran grotescos a un punto tal, que los vecinos regresaron a contemplar la antinatural forma en la que el gato maullaba, así como la forma en la que su mirada se asemejaba con exageración a la de un ser humano: La mirada de un demente. Todos nos aconsejaban que lo matáramos de inmediato, pero yo me oponía, diciendo que todo aquello era exagerado, que quizás se trataría de una cierta especie nueva de gato aún no conocida. La verdad -y ahora debo confesarlo-, la verdad es que le temía. Cuando se hablaba de terminar con su vida, el maldito gato me miraba con un gesto burlón, y luego dirigía sus ojos de loco hacia mi pequeño bebé. Era espantoso.
Al cuarto día de su infame regreso a casa, Verónica lo encontró en la habitación del pequeño, mirando hacia un punto de la habitación en la que no había ninguna cosa, dándole la espalda al niño. Ella no resistió más. Lo tomó por detrás de las orejas, y él se dejó hacer. Ató una cuerda alrededor de su cuello, y ató el otro extremo al barandal de la escalera. Como el peso del animal no era suficiente para provocar la asfixia, ella lo jaló hacia abajo con todas sus fuerzas, hasta casi arrancarle la cabeza. Mientras esto sucedía, el maldito gato no dejaba de mirarme, con una mezcla de odio, súplica y desesperación reflejada en sus pupilas: la mirada de un condenado.
Desde aquel día han pasado ya casi tres años, y aún no he podido olvidarla. Recientemente, me he enterado de que aquella chica a la que le había regalado el minino casi ha perdido la razón, y que durante todos estos años había estado practicando magia negra, involucrándose en asuntos bastante serios, que aún aguardan dictamen judicial. Verónica no ha querido hablar más del tema. Y yo, aún me despierto por las noches, recordando aquella torva mirada, y con una sensación de intranquilidad en el pecho, que me dice que no hemos matado a un animal. Me pregunto qué demonios era esa cosa.
Maldito gato.



Agosto de 2010


Licencia Creative Commons
Este obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 2.5 México.

jueves, 25 de marzo de 2010

TWITTCUENTO: TEMOR Y TEMBLOR

1. Martha ajustó su chaleco antibalas, reacomodó el casco por encima de su rubia cabellera, y salió de casa.

2. Su padre esperaba afuera en el tanque blindado para llevarla a la escuela. -Has olvidado las granadas, hija.

3. Martha no respondió. Después de todo, su padre había estado en la generación del TEC cuando la balacera. él sabía como era eso..

4. El día era de lo más rutinario. Papá la cubría disparando la ametralladora y un par de granadas, mientras ella entraba al salón de clases.

5. Adentro, la chica esquivaba los cadáveres de sus compañeros muertos ese día. "Diablos, han matado a Ana. ¡Teníamos planes para este fin!"

6. Un soldado se aproximó a ella y solicitó identificación. -La olvidé -dijo ella, y el soldado disparó a su cabeza sin pensarlo dos veces.

7. Martha despertó. Lavó su cuerpo, y apenas tocó el desayuno. Al llegar al TEC, sus manos temblaban. Lloró. Tenía miedo. Fin

TWITTCUENTO: VOCES SINIESTRAS

1. Cuando el niño llegó al nuevo vecindario, los amigos del barrio le advirtieron no aproximarse a la vieja casa del ciego.

Fernando Casasola posted 2. Desde hacía años, del interior de esa oscura morada surgían extrañas voces guturales, que hacían temblar al más valiente de los hombres.

Fernando Casasola posted 3. Se rumoraba que el ciego efectuaba horrendos rituales satánicos, con los que pretendía recuperar la vista.

Fernando Casasola posted 4. La curiosidad del pequeño pudo más que su miedo. Y al fin, un día, armado de valor, se adentró en la temible vivienda del hombre.

Fernando Casasola posted 5. Las voces parecían provenir de ultratumba. EL ciego, sentado frente a su PC, parecía hablar con ese horrible ser.

Fernando Casasola posted 6. El niño retrocedió, lleno de pánico, y el hombre lo capturó con un rápido movimiento. -¡Usted habla con el diablo! -le espetó el chico.

Fernando Casasola posted 7. -No es el diablo -respondió el ciego-. Es JAWS.

TWITTTCUENTO: Era un buen hombre.

I. Tedy esnifó una larga línea de cocaína, y echó a llorar. A sus 42 años apenas había disparado una pistola de agua en la feria del pueblo

II. Afianzó la 45 con ambas manos, y se dirigió al dormitorio de Helen. Disparó en tres ocasiones. Dos balas para ella, una para él.

III. Regresó a la cocina aún tembloroso, y se preparó un whiskey que puso sus nervios en su lugar. Hacía años que no se sentía tan bien.

IV. Más whiskey. Con el ánimo de quien se sabe libre, dispuso todos sus pendientes, y escribió a sus hijos una breve carta

V Tedy volvió a donde Helen, y le dirigió unas palabras llenas de afecto. Ella le veía aún entre estertores de agonía. La besó en los labios

VI. -Si al menos no hubieras metido a tu amante a nuestra cama -murmuró a la mujer-. Ahora los tres moriremos esta noche

VII. El hombre se sentó a la orilla de la cama, apuntó la 45 a su sien resbalosa por el sudor, y disparó.

Epílogo. La policía sólo halló los cuerpos de dos hombres. Helen ahora vive con su madre; hoy ha salido de compras.

sábado, 6 de marzo de 2010

MÉXICO DF: Aoscuras...

Trabajo participante en el Cuarto Concurso de Cuento Duty Free. Revista Los Suicidas.

Tema: Ciudad de México


LA PROVINCIA
Siempre he querido ir a la Ciudad de México; dicen que estoy loco. No me importa. Estoy cansado de estar en la misma esquina desde hace más de catorce años. Todos los pinches días son iguales. Inmóvil, como mierda de perro, pudriéndome bajo el rayo del sol, sonando en mi botecito mugroso los centavitos que sueltan los ojetes que salen de misa. Pensarán que se gana buen dinero con esto de la limosneada. Pendejos. Estar ciego ya no es negocio. Ya no alcanza la morrallita siquiera pa comprarse unos zapatos decentitos. Por eso quiero irme pa’ la capital. Ahí al menos podría ponerme a limosnear en el Teatro Blanquita, en el Zócalo, o afuera del Estadio Azteca. Igual algún futbolista se compadece de mí, y hasta un ciego me suelta. Si me va bien, hasta un celular me voy a comprar. Los domingos me voy a ir al cine, a Coyoacán, o a visitar a la virgencita de Guadalupe, a ver si me hace el milagrito de regalarme unos ojitos. Además, ahí vive mi primo Esteban, y siempre me insiste que me vaya pa’ la capital, que ai’ nomás le dé una parte de lo que gane y que me puedo quedar en su casa. Total, ¿cuánto podría pagarle? Yo de plano sí me voy a ir mañana. Ya tengo lo del pasaje, y un dinerito extra por si acaso. Este pueblo jodido ya no lo quiero. Quiero algo más; quiero progresar; salir adelante. Aquí nada más me ando tropezando con puros pinches perros mugrosos, y no se come mas que mole y frijoles, mole y frijoles, siempre mole y frijoles. ¡Estoy harto! ¡A la chingada!
* * *
Pinche boletera. Como si los ciegos no tuviéramos pa comprarle un mugroso boleto de a doscientos pesos. Ni que me fuera ir para Nueva York; de plano ya ni la chinga. Aunque estos silloncitos están rete cómodos. Si no fuera porque este güey de junto se oye medio sospechoso, me cae que me echaba un coyotito.
Si me viera mi papá postizo, seguro que ni se la creería. Eres un ciego jodido que no va a pasar de perico perro –me decía desde chavito- cuando no acompletaba pa comprarle su win. Y luego, madres. Mis chingadazos. Yo hubiera querido ir a la escuela, pero el director dijo que no admitían a ciegos, quesque porque no había quién les enseñara las letras esas de puntitos. Don Martín el carpintero era el único que me hablaba de la vida, de cómo es el mundo allá afuera. Lástima que se suicidó el pobre. Fue el único del pueblo que se aventó a darme chamba. Todos los demás me dijeron que estaba ciego, que no servía de nada si no tenía ojos. Cuando murió mi jefa no tuve más remedio que ponerme a pedir limosna afuerita de Nuestro Señor de la Misericordia, pero el cabrón del cura me echó a la esquina, según que porque le daba feo aspecto a la casa del señor. Desde entonces tengo que estar en ese lugar hediondo a orines, de lunes a lunes, todo el santo día, sin un poquito de sombra, sin nadie con quién platicar, y aguantándome las groserías de esos pinches escuincles mugrosos. Cabrones.
MÉXICO DISTRITO FEDERAL
Diosito santo de la venia bendita, ampárame. ¿Y ora pa’ dónde jalo?
-¡Seño...! ¡Seño...! ¡Joven...! ¡Disculpe...!
-Qué tranza don, en qué le puedo ayudar.
-Gracias a Dios que me auxilia usted, jovenazo. ¿Por qué andan todos tan carrereados?
Así caminamos de por sí en la capital, jefazo. ¿Para dónde quiere usted ir?
-Mi primo Esteban vive a dos calles del Zócalo. ¿Cómo le hago pa’ llegar allí? Si fuera usted tan amable de decirme.
-Ah, ps’ mire. Afuera de la TAPO está una estación del metro llamada San Lázaro, que hace correspondencia con dos líneas, la 1 y la B. Toma la línea uno con dirección a Observatorio, la que es de color azul oscuro. Que diga, la de color rosa. Se baja en Pino Suárez. De ahí, transborda a la línea dos con dirección a Cuatro Caminos, la que es de color azul oscuro -no la rosa ¿eh?-, y se baja en la siguiente estación, ai’ mero está el Zócalo. No hay pierde.
-Ah caray. ¿Y así es para ir a todos lados? Por ejemplo si quiero ir a Coyoacán cómo le hago.
-Ah, para Coyoacán na’ más hay que tomar línea uno dirección Observatorio, bajar en Pino Suárez, transbordar con dirección a Tasqueña y bajar en General Anaya. Pero ojo, se baja del lado del Museo de las Intervenciones, y ya de ahí nomás toma el camión que va para Río Guadalupe, pide la bajada en el mercado de Coyoacán, y como a dos cuadras ya ahí ‘stá luego luego. ¿Me entendió?
-Sí, cómo no joven, gracias... Entonces, ¿cómo me dijo usted que le tengo que hacer pa’ llegar al Zócalo?
-Está bien fácil. Mire. Aquí saliendo de la TAPO toma el metro San Lázaro dirección Observatorio...
“Metro San Lázaro, metro San Lázaro... Hijo de la chingada... Quesque metro San Lázaro. Yo no sé qué chingaos estoy haciendo acá. Tan bien que estaba. Ora ni modo, a joderse. Ya me chillan mis tripas. Estos cabrones chilangos están bien chiflados. Nomás corren de aquí pa’ allá como demonios, ni que fueran a recibir herencia. Cabrones.
Y ora qué hago aquí sólo en la capital, Diosito. ¿Cómo sobrevive un ciego en esta pinche ciudad de locos?...”
-¿Y ora por qué llora don? No se me agüite, verá que poco a poco le va a agarrando el gusto a la ciudad. Nomás es cosa que se cuide de no caer a las vías del metro, de los coches, de los ratas, de los polis, de la contaminación, de la burocracia, de los políticos, de la comida con amibas, de los narcos, de la hipertensión, de los amigos, de los estafadores, de los abogados, de no caer en vicios, del SIDA, de los sacerdotes depravados, de los vendedores, del transporte público...

jueves, 4 de marzo de 2010

MICRORELATO - RADIO

Microrelato seleccionado en el III
Premio Algazara de Microrrelatos convocado por la Editorial Hipálage.

Tema: la radio

107 palabras

Pilar arregló su cabello por cuarta vez; quería llegar presentable a la estación. El momento cumbre de su vida había llegado, y no dejaría pasar ningún detalle que le hiciera perder puntos a su favor. Polveó su nariz, arregló un mechón sobre su frente, y salió.
Mientras abordaba el bus, pensaba en los millones de personas que le escucharían. Daría lo mejor de sí; ellos lo merecían.
A las diez menos quince, el locutor dio al fin entrada a su sección, y la cálida voz de Pilar se dejó escuchar por toda la ciudad:
“Con jabones Rosabél, el mundo amará tu piel. Cómpralo ya.”

miércoles, 3 de febrero de 2010

Pulp fábula

Creando mi primer libro de cuentos: Pulp Fábula. Aquí una probada fabulosa.

PD. Ahora puedes encontrar este blog en escritores.org


En torno a una desvencijada mesa del bar de Roscoe, los cinco temibles hampones recibían las instrucciones del malvado Gatochueco. Joe gusano, perico Pirata, Cuca cucaracha, mono Mono, y la pequeña Hormiga Miga, miraban a la luz de una mugrienta lámpara de petróleo los planos del Zoo Bank. En unos minutos perpetrarían el robo del siglo, en el cual, cada uno de los hampones tenía asignada una tarea audaz y peligrosa, a excepción de la hormiga Miga. A esta, se le había encomendado la nada honrosa tarea de abrir la puerta de la guarida en cuanto los demás llegaran, a la una de la mañana con cincuenta y cuatro segundos exactamente.
-Hey, , yo también quiero ver algo de acción –dijo la hormiga Miga, pero nadie la escuchó. Joe gusano colocó sobre su cabeza un vaso jaibolero sin darse cuenta.
-Chicos... ¿Me escuchan?
No hubo respuesta, aunque los ojos de mono Mono parecieron percatarse de su presencia por algunos momentos. Gatochueco detallaba por última vez la forma en la que Cuca cucaracha desactivaría la alarma térmica, ubicada en los conductos interiores del aire acondicionado. Joe gusano se introduciría en el intrincado sistema electrónico de la bóveda principal; Mono Mono cargaría con las bolsas repletas de monedas de oro; perico Pirata daría muerte al guardia de turno, y Gatochueco dirigiría toda la operación en conjunto.
El gusano volvió a tomar su vaso de la cabeza de la hormiga Miga, y esta, harta de no ser escuchada, gritó enfadada a voz en cuello:
-¡Al suelo todos! ¡la policía!
Luego de levantarse del suelo, sacudiendo sus impecables trajes, los criminales decidieron castigarla por su impertinente broma, quemando con sus cigarrillos cada una de las patitas de la pobre Hormiga Miga, salvo la que ocuparía para abrir la puerta, a la una de la madrugada con cincuenta y cuatro segundos exactamente.
Todos salieron del lugar uno a uno, quedando solos Gatochueco y la indefensa hormiguita.
-Escúchame bien Hormiga Miga –amenazó el tremendo gatazo-. Tú no eres más que sólo un trozo insignificante de escoria sucia y vil que no vale nada, ¿entiendes? Sólo estás aquí para obedecer órdenes, y nada más. Yo soy el gran Gatochueco, y tú un insignificante retazo de hormiga inútil. Y diciendo esto le escupió el rostro, para luego propinarle un golpe en la abultada pancita.
Al poco rato, la hormiga Miga, tras haber curado con mucha salivita sus ampuladas patas, cogió el teléfono celular que mono Mono había olvidado sobre la mesa, hizo un par de llamadas, y salió del lugar.
A la mañana siguiente, todos los diarios de la ciudad publicaron a ocho columnas la noticia del robo.

muerte y DESTRUCCIÓN EN EL ROBO DEL SIGLO

Agencia F

Esta mañana, fueron encontrados los restos de cinco de los seis delincuentes que perpetraron el robo al Banco Zoo; el líder de la banda se encuentra prófugo. En los conductos de ventilación, fue encontrada muerta, al parecer por asfixia, el cuerpo de una cucaracha que responde al nombre de Cuca. El temible perico Pirata fue muerto de un disparo certero en la sien izquierda, propinado con el arma del guardia de turno, aunque curiosamente, este no recuerda haber disparado en toda la noche. En los sistemas electrónicos del Banco Zoo, el cuerpo calcinado de un tal gusano Joe llevaba un vaso jaibolero en la cabeza. Un enorme mono, del que se desconoce su nombre hasta el momento, murió, al parecer, aplastado por los enormes sacos de oro que el banco guardaba en la bóveda principal; la policía investiga aún la forma en que fue sustraído el dinero. La muerte más espantosa, sin embargo, fue la sufrida por el internacionalmente buscado Gatochueco, y de la cual se omiten los detalles, en atención a los lectores con debilidades cardiacas. Un dato curioso, es que todos los cadáveres, a excepción del gusano, tenían cada uno de sus dedos horriblemente quemados.
Se presume que el jefe de la banda es un tipo enorme, sumamente violento y peligroso. Más información en páginas centrales...

En el interior de un pequeño hormiguero, la hormiga Miga nadaba en monedas de oro, junto a su nuevo ejército de hamponas.


“Nunca desprecies lo que parece insignificante,
pues no hay ser tan débil que no pueda alcanzarte.”